domingo, 14 de abril de 2013

Crónica de un día interminable.

*Esta crónica contiene hechos y nombres cambiados para proteger la identidad de las personas involucradas (?) Como en Crónica de un secuestro.*

A penas escuché su voz, supe que algo turbio había sucedido. Él solo dijo que había que conversar, pero esas palabras hicieron tormenta en mi interior y no pude evitar sentir un cosquilleo maligno en el pecho.
El día había comenzado normal. Después de una extraña semana, yo me preparaba para ducharme y cocinar, para luego entregarme al estudio, como había intentado toda la semana sin buenos resultados.
El computador estaba encendido, y había tenido la gran idea de conectar el equipo de música  a la CPU mediante un cable AUX. Sonaba We die young cuando escuché de lejos mi tono de celular.
No recuerdo bien cómo fue nuestra conversación, pero si recuerdo que estaba en ropa interior y, mientras él me hablaba, me miré fijamente al espejo, desconcertada. Luego me acerqué a la mesa temblando de pies a cabeza y le dije que yo hablaría con las chicas.
Apagué la música, que retumbaba en el pequeño departamento casi con volumen máximo. Caminé de un lado a otro sin saber qué hacer a continuación, hasta que mis sentidos se avivaron y logré marcar un número que me tiró a Buzón de Voz de forma casi inmediata. Recuerdo haber balbuseado con voz fúnebre y casi sollozando "Por favor, Cho. Contéstame.", pero el favor nunca llegó. Mis dedos se movieron solos en ese momento, como por arte de magia, y llegaron a parar a otro número.
Constanza es una mujer evasiva. Vividora. Salvaje, pero en el buen sentido. Aperrada. El único problema es que suele aperrar más cuando la situación es divertida y no cuando sucede algo malo. Evasiva. Por eso no me sorprendió su respuesta fácil y cómoda,
- A ver, yo estaba buscando mis documentos, y escuché por ahí que había pasado tal cosa.
- ¿Y quién te lo dijo? - pregunté yo, muy alterada.
- No sé, no sé - dijo ella - Tu cachai que yo no suelo poner atención a esas cosas. Solo lo escuché, como un rumor de pasillo.
Rumor de pasillo dijo. Era algo terrible. Algo que estaba a punto de destruirme, pero para ella solo había sido un rumor de pasillo. Y si era solo un rumor de pasillo, ¿por qué era tan terrible?. Hablamos algo más, le pedí que le dijera a la Cho que encendiera su celular, a lo que respondió que era mejor que me conectara a facebook.
Y eso hice.
Conecté mi celular y extendí la señal de wi-fi para el netbook. Como siempre, los minutos que demoró el celular en pillar señal fueron eternos. Eternos. Eternos. Para ese entonces, el temblor de mi cuerpo se había convertido en una especie de Parkinson leve. 
Me senté frente a mi netbook blanco -el mismo que me compré en mi viaje al extranjero, hace ya tantos años atrás-, y frenéticamente comencé a ubicar a las personas involucradas en el entuerto. 
Rocío estaba conectada. Le pedí que me explicara qué estaba pasando. Yo confiaba en ella, y ella era la única que me podía ayudar, pero solo me respondió "Ayer estábamos haciendo no sé qué con la Cony y nos dijeron que había pasado tal cosa", luego insistió con que no sabía quién lo había dicho, y que solo era un rumor de pasillo, y que él era el único que me podía decir la verdad.
Acto seguido, hablé con él, y lo negó todo. Dijo que no, una y otra vez, me explicó una y otra vez, lo leí una y otra vez... Pero a mi nada me calzaba. Nada era imposible, y nada era posible a la vez. Recuerdo que lloré desconsoladamente. A gritos, porque eso no podía estarme pasando a mi. 
Afuera el día estaba soleado, con algunas nubes que cortaban el cielo, pero aún así, el sol entraba por mis ventanales, y trataba de iluminarme y de darme calor. Pero por alguna extraña razón, yo no sentía nada más que el frío invernal de pensar que había pasado tal cosa. 
Luego de veinte minutos, que en el momento parecieron ser veinte horas, le hablé a la Cho. Convencida de lo que estaba diciendo, y segura, le escribí un "Filo. Le creo." Ella no respondió nada. Y yo lo llamé a él por teléfono. Me pidió que creyera en él, que las cosas habían sido como él me estaba explicando. Luego me contó todo lo que recordaba, que según él era todo lo que había pasado, y me contó lo que había conversado con las niñas, y dijo algo que no me calzó. 
- ... Y me dijo que no podía decirme quién había sido porque debía proteger la identidad de las personas que decían haberme visto.
La Cho me estaba mintiendo. Sí sabía quién había sido y no quería decirme.
- ¿Te dijo eso? ¿En serio? Espera, debo hablarle. Te volveré a llamar.
Y a pesar de que dije eso, no lo volví a llamar...
Luego de otro rato que pareció una eternidad y luego de leer las súplicas desesperadas de Rocío, diciéndome que no contara a nadie que ella me había contado y que no hiciera nada, me tiró el nombre del muchacho que había empezado todo esto. Lo primero que pensé fue "Y ella espera que yo no haga nada. Ella me está pidiendo algo imposible. Tan imposible como lo que este muchacho le pidió a ella, que guardara el secreto y que no me contara nada a mi sobre que había pasado tal cosa". 
Avisé a mi muchacho que ya sabía quien había sido. Pero lo siguiente fue difuso, y aún no entiendo bien qué fue lo que hice. Solo relataré lo que recuerdo. 
Me vestí sollozando, cada tanto me sentaba porque necesitaba llorar más fuerte. Hasta que conseguí salir del departamento, engujándome las lágrimas y tratando de responder el mensaje de un amigo que me hablaba preocupado por facebook, Michel.
Michel fue mi primerísimo amigo en la Universidad. Un hombre inteligente, simpático, cariñoso, risueño, feliz, íntegro. En esos tiempos él pololeaba, pero yo recuerdo que en nuestras pláticas de noche, una vez me contó que a pesar de que estaba muy enamorado de la muchacha, él sabía que en cierto momento las cosas iban a terminar. Dicho y hecho, para estas fechas ya no están juntos, y aunque aún se quieren, cada uno está haciendo su camino por su lado. Michel fue el primero que trató de apoyar lo que él y yo tuvimos. El primero en tenernos fe. El primero en darse cuenta de que había sentimientos diferentes en el medio. Un buen amigo. Por eso lo llamé. Le conté todo y él me respondió con su voz tranquilizadora, que debía calmarme. Que debía creerle a él, porque por su parte, él no creía correcto creerle algo al muchacho que había comenzado todo esto. 
Esas palabras me hicieron sentir mucho mejor, por alguna razón. Yo solo quería que alguien me dijera que no podía creerle nada a ese muchacho semi desconocido de cabello largo y bolso, aunque solo fuera porque era un desconocido. Aunque ese muchacho no tuviera ninguna mala intención cuando dijo lo que dijo.

Recuerdo que tomé un metro. Y recuerdo que me bajé en la plaza. Recuerdo que caminé por ella, buscando algo que no encontré. Recuerdo que sentí que estaba perdida, aunque sabía exactamente donde estaba. Recuerdo que sentí que hacía frío, aunque habían más de 25°. Recuerdo que estaba a punto de desmayarme, y compré un paquete de galletas con un billete de diez mil pesos que conseguí no sé dónde. Recuerdo que me senté en el metro Plaza de Armas, y lloré solita sentada en un rincón.
La gente en Santiago es hostil. No le importa nadie más que ellos mismos. Retan mucho a sus niños en la calle. Y si te acercas a preguntar algo, generalmente primero te miran feo, y luego te contestan de mala gana. Yo soy hospitalaria. Si veo a alguien asustado, lo ayudo. Si veo a alguien con cara de perdido, lo ayudo. Si veo que golpean a alguien en una esquina, me asusto. Pero ese día, yo lloraba sola sentada en el piso sucio del metro, y si ni siquiera un guardia se acercó a preguntarme si estaba bien. Podrían haberme pegado. Podría haberme robado todo. Podrían haberme violado. Y nadie se iba a preguntar porque había una niñita llorando sola y sentada en un metro, en un día tan bonito y caluroso, a las tres de la tarde.
Antes de salir de ahí, llamé a Fernando y a Hernán unas quince veces. Hernán estaba ocupado, y Fer simplemente no contestó el teléfono -más tarde me hablaría por chat, a las nueve de la noche. Cuando ya no había nada más que hacer-. Tampoco eso me sorprendió. A ambos los quería mucho, eran buenos amigos, pero se daba la casualidad de que cuando yo estaba en problemas, siempre ellos permanecían inubicables. Obviamente no a propósito, pero igual.
Me dieron cerca de las cuatro, y decidí que era tiempo de moverme. Porque si yo no me movía, nadie lo haría por mi. Él esperaba al teléfono, tratando de convencerme de que le diera el nombre de quien había comenzado todo, y pidiéndome que creyera en él. No nos habíamos visto hasta ahora, desde la noche anterior... Cuando todo esto había comenzado sin que nosotros siquiera supiéramos. Así que tomé el metro, y una micro, y me dirigí a juntarme con él.
Él es un muchacho moreno, pero a mi me gusta pensar en él como mi propio satélite blanco. Es mi luna. Un muchacho alto, flaco, pero fornido. De pelo oscuro, y ojos café que cuando reflejan el sol te hipnotizan como pocos ojos pueden hacerlo en la vida. Uno de los muchachos más inteligentes que he conocido, si es que no es el más inteligente. Risueño, cariñoso, preocupado, algo olvidadizo. Gran amigo, gran compañero, gran persona. 
Mientras andaba mi camino en micro, pensaba en todas esas virtudes. Aunque también pensaba en sus defectos, pero a pesar de ser enojón, él era una persona bastante templada, yo sabía que él no era una persona desleal. Y que el que hubiera pasado tal cosa, era casi imposible. Pero me faltaba algo para comprobarlo.

A penas me bajé de la micro, lo vi sentado en el lugar donde, hacía poco menos de un año atrás, yo me había arrojado a sus brazos para besarlo, el día en que comencé a sentir que aquello era algo por lo que seguir. Curioso, ahora me pregunto si se sentó allí a propósito. Me acerqué a él, arreglándome el pelo desordenado, y mientras me senté ahí, él habló. Y habló. Y habló. Y siguió hablando. Recuerdo lo esencial de todo lo que dijo: se estaba disculpando por el mal rato y por emborracharse la noche anterior, pero sobre todo, afirmaba que no era cierto que había pasado tal cosa. Yo recuerdo que lo miré, tratando de poner atención a lo que me decía, sin mucho éxito. Me limité a asentir con la cabeza, a pronunciar pequeños y débiles "sí" o "ya", mientras me preguntaba a donde íbamos a llegar a parar los dos con nuestra relación después de esto. Me miró a los ojos y me dijo que nada había ocurrido, y con ese acto sincero, sentí el sol sobre mis hombros, por primera vez en el día. Sentí como el calor exquisito se extendía por mi cuerpo, mientras los ojos de mi muchacho se clavaban sobre mi y me gritaban que todo por lo que había sufrido en el día era mentira, y que ahora ya podía estar tranquila otra vez.

La última prueba había llegado, y la ponzoña que se había expandido por mis venas se iba. Nos miramos unos segundos más, y nos abrazamos. Un abrazo sincero. El abrazo que habría querido que me diera la Cho, cuando le hablé la primera vez por facebook. El abrazo que hubiera querido recibir de los traseuntes del metro de Santiago un sábado por la tarde en Plaza de Armas. El abrazo que había esperado todo el día había llegado, y ahora podía desmayarme en sus brazos con la tranquilidad del loto que florece en la adversidad, porque, a pesar de todo, había pasado un año desde nuestro primer beso. Y seguíamos ahí. Amándonos como aquel primer día en el parque de Maipú. Y el mundo se detenía de nuevo, para que solo nosotros pudiéramos atesorar ese momento.

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