viernes, 27 de septiembre de 2013
Difriending you
Una vez que publicas algún comentario despechado, la gente aparece por montones. Me preguntó, ¿cuál es el fenómeno? Si se olvidaron una vez, el que aparezcan cuando sabes que estás enojada, no vale ni una hueá.
jueves, 26 de septiembre de 2013
miércoles, 25 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
Satélites
No hace falta que desaparezcas más de una hora... Diez minutos son, lamentablemente, suficientes para extrañarte.
"Prométeme que no te vas a enamorar de mí"
Yo sabía lo que iba a pasar, lo estaba esperando. Lo quería. Los días habían pasado desde la primera vez que nos encontramos, entre las luces de una disco y unas cuantas cervezas, y nada era igual, a pesar de mis constantes intentos.
Entonces ahí estaba yo, sola, en una casa que a penas y se hacía mía. Desvestida, tratando de encontrar una polera que se acomodara a la situación. Nerviosa, persiguiéndome la cola. Pensando si acaso lo que iba a hacer era una locura, si luego me arrepentiría, si estaba a punto de poner nuestros mundos de cabeza... Y lo estaba.
Entonces ahí estaba yo, sola, en una casa que a penas y se hacía mía. Desvestida, tratando de encontrar una polera que se acomodara a la situación. Nerviosa, persiguiéndome la cola. Pensando si acaso lo que iba a hacer era una locura, si luego me arrepentiría, si estaba a punto de poner nuestros mundos de cabeza... Y lo estaba.
Cinco minutos, veinte minutos, veinte y cinco, treinta, sesenta, dos días, una semana, no tengo idea de cuánto tiempo pasó. Quizá fue lo que uno se demora en pestañar, o pudo ser una vida entera. Y ahí seguía yo, sentada frente a un ordenador, fingiendo que no iba a pasar nada. Tratando de calmarme.
"Tú querías esto, tú lo llamaste" me repetía una pequeña voz que venía desde mi estómago. Sí, lo quiero, respondía yo, y tiritando como si fuera la primera vez que iba a estar a solas con un muchacho, caminé hasta la puerta, vistiendo un harapiento chaleco blanco, que ocultaba dos poderosos secretos bajo él.
Afuera las calles coqueteaban con una fuerte neblina que intentaba ocultarlas bajo sus brazos, y sin embargo, yo me sentía como si pudiera ver lo que sucedía veinte cuadras más allá: un muchacho, a las siete de la mañana, alistando sus cosas y dejando su casa con sigilo, para perderse en las entrañas de Santiago.
Vigilé que no hubiera nadie en las calles, luego volví a entrar, y en lo que me demoré en gritarme a mi misma otro poco, él ya había llegado. Lo sentí, y al abrir la puerta, lo observé venir caminando como quien dice "No tengo ninguna prisa por llegar", con una mochila al hombro y un chaleco de lana, dos cuadras más allá.
Me quedé en el umbral de la puerta esperando hasta que llegó, lo agarré del cuello del chaleco cuando estuvo los suficientemente cerca y entramos en la casa.
Cerré la gran puerta de madera, azul en ese entonces, y me volví para ver una sonrisa que pretendía disimular el "No sé qué mierda hacer ahora" escrito en todo su cuerpo con letras mayúsculas, y pensé quizá debería decirle que volviera a su casa antes de que fuera demasiado tarde. Pero no lo hice, en cambio, y con toda la jovialidad de la que fui capaz, lo invité a pasar a mi pieza.
De inmediato me senté frente al computador, poniendo las manos en algún lugar firme, para que no pudiera verlas temblar. Él se sentó sobre mi cama, y dejó su mochila en el suelo. Le pregunté qué quería escuchar, y luego puse una canción que hasta el día de hoy me mueve el piso. El tema comenzó a sonar en los desbaratados parlantes que Cristóbal hace tiempo me había prestado, arrancándole un sonido áspero a la guitarra de David Gilmour, pero no por eso menos excitante. Y estaba en eso cuando entre nosotros se cernió un silencio que luego se alojó en mi garganta, y en la suya. Sentí sus labios en mi cuello, él no vaciló un segundo cuando se puso de pie y me indicó que me levantara. ¿Siempre había sido tan alto? Jamás dejé de preguntarme eso, hasta hoy, cada vez que se para frente a mi con esa actitud de eres mi chica.
Me dejé llevar, y sentí en esos momentos como sus manos se quemaban en mi cuerpo, dejando una marca que no me podría sacar nunca, y no me importó.
Y bueno, si después de todo lo que pasó, y de todas las veces que nos encontramos lengua con lengua, aún le pedí que no se enamorara de mi, fue solo porque sabía que lo haríamos. Porque no había otra solución, no había otra puerta. Jamás la hubo. Solo estaba él, solo estaba yo.
El resto había dejado de existir, aunque yo aún no lo supiera.
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