viernes, 10 de mayo de 2013

Tal vez me alegro de que te hayan roto el corazón. Solo tal vez. Pero esto no es por mi, oh, no. Ni por un segundo. Esto es por ella, y es por tu egoísmo infinito.

jueves, 9 de mayo de 2013

Atrás quedaron los besos bajo la lluvia de invierno


Por Florence Ringele.
Con nada más que infinitas hectáreas de campo al frente, encaramados sobre los aromos, con los pies helados por las zapatillas mojadas, el pelo enmarañado, con la ropa sucia y húmeda, mecidos por el ulular del viento y expectante al momento en el que fuera a caer la lluvia otra vez. Con las manos llenas de barro, horneando queques imaginarios, escapando de los perros que por ese entonces parecían ser gigantes, esperando a que ser llamados a comer mientras, con tan solo un palito de madera en mano, creaban un mundo completamente original del cual solo ellos eran parte. 
Bajo una cascada al atardecer, comiendo manzanas con sal, mirando el cielo como si fuera nuestro, con aire triunfante después de un agitado día de juegos. O simplemente en  casa, ya fuera sintiendo las suaves caricias de una madre, escondidos en el closet pretendiendo que dirigían una sociedad secreta, jugando con mis tan amadas muñecas Barbies, o adentrándome en mi patio trasero, donde yo juraba que había un bosque en el que vivían duendes y toda clase de alimañas.
Así es como recuerdo mi infancia en Chiloé y la de mi generación. Por allá por los años noventa, cuando con un billete de mil pesos sentías que podías comprar toda la dulcería, cuando recién se implementaban los colegios que ahora parecen pertenecer a la elite castreña, cuando el Galvarino, el liceo de Castro, era el único liceo. Cuando no se soñaba con que en Chiloé hubiera una escalera mecánica, o un Homecenter del porte de una cuadra completa, un centro comercial de cinco pisos, un puente que uniera la isla con el continente o un aeródromo donde despegaran cinco vuelos comerciales por semana. 
Por ese entonces, Castro, la capital de la isla, tenía cerca de 30 mil habitantes, la plaza era mayoritariamente tierra, y constaba de una pequeña góndola casi en el medio, lugar donde hoy se encuentra la estatua de una Pincoya, quien en vez de estar envuelta en redes, está envuelta en lo que pareciera ser su pelo por alguna extraña razón. La industria del salmón en Chiloé comenzaba su despegue y el hospital de Castro era un lío. Hoy el panorama ha cambiado muchísimo. El momento en el que Chiloé dejará de ser un portal al pasado esta pronto a llegar.
Cerca de las catorce horas del pasado 6 de noviembre, una especie de monstruo gigante de metal aterrizó sobre tierras chilotas en el sector de Mocopulli, a quince minutos de la ciudad. Descendieron de aquel unos cuantos pasajeros, la mayoría autoridades importantes de la isla y la región, saludando y sonriendo con énfasis a la gente que esperaba en tierra firme la llegada del monstruo metálico. Don Nélson Águila, alcalde de Castro cuyo primer periodo de mandato fue en 1996, y reelecto hasta la fecha, empapado por el temporal y la lluvia que aquel día parecía caer con rabia e indignación, se dirigía hasta el recinto techado donde le aguardaba una pequeña celebración. La celebración de la llegada inminente del progreso a Chiloé. La celebración de la llegada del primer vuelo comercial de LAN desde Santiago hasta Castro.
Seguido de este acontecimiento que produjo sentimientos encontrados en más de algún chilote, llegó el día en que el Homecenter Sodimac ubicado en la salida norte de Castro, -construido sobre el terreno que albergaba hasta hace poco 270 estudiantes de enseñanza media dentro del Liceo Agropecuario y Acuicola, IER, demolido para dar paso a las nuevas obras- abrió sus puertas al público, luego de un atraso de más de cuatro meses, con estacionamientos colapsados y las repisas abarrotadas con materiales y objetos que antes los castreños solo podían obtener si había dinero suficiente para armar viaje a Puerto Montt el fin de semana. Así, la gran tienda, que antes ocupaba un humilde espacio en la esquina de O’higgins con Sargento Aldea, convirtió su ex sede en una bodeguita y se dispuso para lanzarse al estrellato el pasado 29 de marzo.
Continuando la lista, en calle Serrano, no muy lejos de la Iglesia Apóstol Santiago -casi frente a la casa en la que viví diez años de mi vida y en la que aún viven mis padres-, hace ya más de un año y medio, la empresa Pasmar se encarga de la construcción de un centro comercial que ha dado muchísimo que hablar y que hasta el momento tiene entre sus registros 10 órdenes de paralización, seis pisos construidos y cinco mil metros cuadrados más de lo autorizado. Pocos podemos imaginarnos el jolgorio en el que se transformará aquella apacible esquina de Serrano que consta solo con dos vías de un sentido, el día en que se inaugure el mall y aparezca la gente de Ancud, de Quellón, de las islas, de las montañas, de las poblaciones, de los pequeños poblados como Dalcahue, Chonchi, Chacao, entre otros, e intenten entrar con sus cientos de autos por una calle de no más de cuatro metros. Hemos de esperar que las calles se agranden de alguna forma mágica antes de que Pasmar termine de lidiar con todas las infracciones cometidas, y logre cambiar la fachada del mall por algo que vaya más acorde con la arquitectura y el diseño chilote. 
Y es que el nuevo centro comercial pasa completamente desapercibido -excepto por el ruido de la construcción- para los habitantes de Castro y el resto de la isla. Completamente desapercibido para quienes viven en las calles aledañas, hasta que ves aquella foto que alguien, hábilmente, le tomó al gigantesco monstruo desde la bahía, y es ahí cuando entiendes por qué han puesto tantos problemas para terminarlo y por qué lleva tantas multas hasta la fecha.
Y como si fuera poco, un cuasi aeropuerto, un homecenter enorme, un mall catalogado como el segundo más grande del sur de Chile, con todo no podemos olvidarnos del flamante casino y resort Enjoy con hotel cinco estrellas, completamente equipado y ya en funcionamiento, ubicado en la salida sur de Castro, encaramado en todo el borde de un cerro sobre el río Gamboa, con una vista privilegiada desde sus terrazas, a tan solo tres minutos del centro de Castro, sobre el cual nadie dijo nada. Nadie alegó, nadie se quejó porque su casa estaba junto al casino. Nada. El casino pasó sus meses de construcción casi desentendido de la ciudadanía y la prensa. ¿Cómo lo hizo? Nadie lo sabe, pero todos entienden que el haberlo construido fuera del centro fue un gran acierto.
Es cierto, son avances espectaculares que de seguro podrán mejorar de forma potencial la calidad de vida de las más de 200 mil personas que residen hoy en Chiloé, sin embargo, uno no se queda ajeno a la pregunta ¿dónde queda el hospital por el que llevamos años peleando? ¿La universidad de calidad dentro de la isla que no exija a sus estudiantes el abandonar sus casas a una edad temprana para poder garantizar una buena educación? Muchos chilotes opinaron que el mall es un derecho, en el momento en el que hubo cese de las actividades de construcción, un derecho que no se les podía quitar. Pero ¿por qué la comunidad Chilota defiende con uña y diente la construcción de un mall en vez de pedir con uña y diente la construcción de una universidad? ¿En vez de abogar por la construcción de un buen colegio en Quellón? ¿En vez de pedir más proyectos de luz y agua para las islas aledañas? ¿Dónde quedaron las prioridades?
Durante un trabajo en la Oficina de Turismo de Castro, escuché muchas veces hablar sobre la necesidad de preservar tanto como de explotar la “magia de Chiloé”, esa mística característica de la zona que hace que todos los años miles de turistas lleguen en masa a la isla montados en cruceros de ocho cubiertas con capacidades para 2000 personas. Preservar y explotar esa mística. Preservar y explotar la magia. ¿Será esta la forma correcta de preservarla y explotarla? ¿Cuánto de preservación hay aquí y cuánto de explotación?
Me pregunto, ¿cómo será la infancia de estos niños, ya obsesionados y acostumbrados a utilizar un computador, o a ver tele todo el día, habiendo olvidado ya que tienen la oportunidad de salir al patio, aunque sea con lluvia, a buscar duendes y hadas y demás criaturas extrañas. ¿Cómo será la infancia de estos niños, alejados de su imaginación, con toda una tierra por descubrir, pero con un centro comercial a sus pies? ¿Cuántas familias poco unidas porque no se puede evitar el hecho de que las niñas y los niños se vayan derecho al mall con sus amigos antes que a sus casas? 
Atrás quedaron esos años de puro olor a campo, del interés por recorrer mil hectáreas de terreno. Atrás quedaron los días en que los niños de la ciudad en Chiloé se interesaban por ir a jugar con tierra y pasto por allá donde no se ve un edificio, un departamento o un mall. Atrás quedó el llegar empapado a casa por la llovizna de invierno. Hay quienes dicen que la construcción del mal es necesaria para que los chilotes tengan un lugar para recrearse en invierno, época de lluvias, y frío. Frío que se te mete por los huesos y pareciera quedarse ahí hasta finales de octubre. Pero yo digo, atrás quedaron aquellos besos románticos en los que las gotitas de lluvia acariciaban tu cara y habrá que darle una calurosa bienvenida a los besos sentados en el patio de comidas del mall. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Cero

Si al final siempre termino escribiendo sobre lo mismo. Esto ya no tiene ningún punto.