viernes, 27 de julio de 2012

Tardes de verano en la casa del Fer.

Yo recuerdo un día en el que, vestida tan solo con una polera tuya, que tapaba lo justo y necesario, me acerqué a ti como cualquier muchacha que parece tener la intención de seducir a alguien. Sin embargo, tomé tu mano, te levanté de la cama y te senté a esperar en un sillón en el living.
Permanecíamos como amigos en ese entonces, pero yo comenzaba a sentir como un sentimiento nauseabundo empezaba a albergarse en mi cuerpo vacío. Y ese día las cosas tomaron otro rumbo, mientras te distraía con un preciso movimiento de piernas, para que no vieras lo que hacían mis manos, de pronto encontré lo que buscaba: una canción. Una que yo había escuchado mil veces antes, y que quería escuchar una vez más.
Te quedaste mirándome con cara de bobo, cuando atravesé el living y encendí un cigarro en el balcón. Semi desnuda y con el pelo enmarañado. Me seguiste y te detuviste junto a mi a encender otro cigarro. Detrás sonaba una guitarra y la voz de uno de mis cantantes favoritos comenzaba a cortarme como navajas afiladas.
Me pareció curioso que hayas estado atento hasta el final, sin decir una palabra. Esperaba que entendieras mi mensaje...
Y luego de haber derramado un par de lágrimas, cuando la canción llegó a su final, soltaste una linda expresión de asombro. Nos sentamos en el sillón, nos besamos, y yo con toda la propiedad del mundo me acurruqué en tus brazos y me dormí profundamente, con tus ojos sobre los míos, atentos, expectantes.
Cuando desperté, seguías ahí. Paciente. Como si no hubiera nada más en la vida que hacer que esperar a que yo despierte.

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