Entre todo el ajetreo de esta semana, he encontrado por fin tiempo para escribir sobre algo que no tenga que ver con el periodismo en si, o con perfiles autobiográficos.
Y es que en este angosto mar, al que llamo "habitación nueva", a veces siento como si me ahogara de tanto azul. Reconozco que la cama es cómoda, aunque algo pequeña, es mia y solo mia. Y que si bien, no es mucho, el espacio es perfecto, hasta ahora. Todo está cuidadosamente combinado, cuidadosamente dispuesto, todo en su lugar, todo donde debe estar; esparcido. A veces me levanto en las mañanas, y mi cabeza choca contra las puertas de mis ventanas, alejando de mi mente algún hermoso sueño, y sé que es hermoso, pues despierto con las almohadas entre los brazos.
Por ahora todos somos simples mortales. Gente que camina sin prisa y sin destino. Con una dirección tan variable como el temperamento de una persona... Y en el medio de todos los que caminan, te veo, pero no eres tú. Y me pregunto, ¿cómo yo podría verte? si no sé como luces... ¿Cómo podría saber que contigo estoy hablando? Si jamás he escuchado tu verdadera voz. Y así todo se reduce a un sueño. Un sueño en el que gozas de mil caras, de mil cuerpos, de mil manos, de mil ojos. Sé que aún hay mucho tiempo, faltan muchísimas cosas, apenas y corren el inicio de los días... Pero estamos tan cerca de todos, y tan lejos de cada uno. Y siempre que voy por los corredores con música, mi mente sin querer me lleva hasta los brazos del misterio.
Y el misterio se acaba cuando me siento a tu lado en clases.
Florence.
Y el misterio se acaba cuando me siento a tu lado en clases.
Florence.
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